

Tanto el té negro, como el té verde proceden de la misma planta. El té verde se elabora con las hojas cocidas al vapor y posteriormente secadas; mientras que el té negro se prepara dejando marchitar las hojas, que después se enrollan, se dejan fermentar y se secan. Pero como el té verde está menos procesado que el té negro, contiene más cantidad de antioxidantes y por ello, es el más potente de los dos.
El té verde se está convirtiendo en los últimos años en una de las variedades de infusión más consumidas en Occidente. Sus propiedades terapéuticas no dejan de asombrarnos. Ahora, expertos de la Universidad de Murcia y del centro John Innes de Inglaterra, han descubierto que tomar dos o tres tazas diarias de té verde puede ayudar a inhibir el crecimiento de células cancerígenas gracias al popyphenol EGCG presente en sus hojas.
Otras muchas cualidades se le otorgan a esta planta, sobre todo, los polifenoles del té verde son potentes antioxidantes; El té verde también presenta acción diurética, broncodilatadora y astringente (antidiarréica); ha demostrado ser capaz de reducir la formación anormal de coágulos sanguíneos con una eficacia similar a la de la aspirina; disminuye los niveles de azúcar en sangre, es decir, es hipoglucemiante; y tiene ligeros efectos antibióticos, frente a ciertas bacterias como los estafilococos y algunos virus. Y por último, ayuda a frenar el envejecimiento y el avance de algunas enfermedades degenerativas.

Dado que no parece que tenga contraindicaciones graves, sólo que lleva algo de cafeina, tendremos que sumarnos a la tradición del té de las cinco, eso si, verde.
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