Gustav Mahler ((1860-1911) tenía una pequeña superstición:
Ludwug van Beethoven (1770-1827),
Antón Bruckner (1824-1896),
Antonin Dvorak (1841-1904) y
Frank Schubert (1797-1828), entre otros, habían muerto al terminar sus respectivas novenas sinfonías. Mahler, por prudencia, al terminar su
Sinfonía Nº8 y comenzar la novena, no le dio el nombre de
Sinfonía Nº9, sino el de
La canción de la tierra. Pero era tan sinfonía como las otras, y era la novena. Mahler creyó así haber vencido al destino y emprendió la composición de la siguiente, hasta tal punto confiado en haber burlado los hados fatales de la música romántica que la numeró como novena: argüía que en realidad era la décima (la estratagema era un extraño puente). Acabó esa
Sinfonía Nº9, pero al poco de comenzar la décima su debilitado corazón dejó de responder.
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