
Algunos de sus biógrafos dicen que murió víctima de las torturas por oponerse a los excesos de la alta sociedad de Damasco, una ciudad enriquecida por el dinero fácil del negocio de las caravanas. Ibn Arabí subió al monte Qasiyun, a las afueras de la capital siria, y dirigiéndose a la multitud les dijo: "¡Oh, hombres de Damasco! El dios que adoráis está bajo mis pies". Entonces la gente se abalanzó sobre él. Le encarcelaron por blasfemo y sólo la intervención de alfaquíes amigos suyos le salvó de la muerte, pero no de un martirio prolongado que le llevó a la tumba poco después. Fue enterrado en el monte Qasiyun de la discordia. La alta sociedad de Damasco le odiaba tanto que destruyó su tumba. Sin embargo, Ibn Arabí había pronunciado una misteriosa profecía a este respecto. "Cuando las letras Sin ("s") y Shin ("sh") se junten, se descubrirá la tumba de Muhyddin", dijo.
Cuando el noveno sultán otomano, Selim II, conquistó Damasco en 1516 alguien le recordó esta profecía y la interpretó como que el día que Selim (nombre que empieza por "s") se encuentre con Damasco (que en árabe se dice Shams, y empieza por "sh") se encontrará la tumba del gran Ibn Arabí. Y entonces el sultán turco organizó una expedición de arqueólogos y teólogos que buscaron el enterramiento hasta que lo hallaron. Sin embargo, siguieron excavando bajo los restos de Ibn Arabí y encontraron un tesoro de monedas de oro que reveló lo que quiso decir en vida cuando sentenció: "El dios que adoráis está bajo mis pies".
Selim II destinó aquel tesoro a pagar la construcción de un santuario y una mezquita en el lugar de la tumba, y ambas, todavía hoy día, pueden visitarse en el enclave de Salihiyya, en la moderna Damasco.
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