
Pero la verdad fue que no tuvo buen recibimiento, al menos por parte de los médicos, que se enzarzaron en una acalorada polémica a cerca de su salubridad. Pero el nuevo retrete se impuso finalmente, después de que se le acoplara otro invento, la cisterna de agua.
En 1886, el inglés Thomas Crapper tuvo la idea de instalar encima del retrete, a cierta altura, un depósito con una capacidad para 10 litros de agua. El contenido se liberaba mediante un sistema de palanca, al tirar de una cadena. De este modo, los excrementos eran arrastrados hacia los desagües con la ventaja añadida de que el agua ayudaba a diluir la materia fecal, lo que contribuía a que los vertidos finales sobre los rios fueran menos densos. Crapper además modificó el diseño de la taza mediante la incorporación de un sifón, que garantizaba que siempre quedara en el fondo una pequeña cantidad de agua que evitara la subida de malos olores. A este diseño remodelado se le conoce con el nombre de inodoro o water closet.
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