miércoles, 5 de marzo de 2008

El visionario

Conocer la vasta obra de Emanuel Swedenborg (Estocolmo, 1688-Londres, 1772) en su totalidad es un despropósito.
Fue encuadernador, hidrógrafo, fisiólogo, astrónomo (fabricando él mismo sus propias lentes, su telescopio y su microscopio), relojero, lingüista (hablaba quince lenguas), biógrafo, poeta, editor, psicólogo, filósofo, matemático, geólogo, metalúrgico, botánico, químico, físico, ingeniero en aeronáutica, dibujante, músico (organista), cristalógrafo, maquinista, carpintero (marquetería), legista, tesorero, cosmólogo, teólogo, y gran viajero.Era un gran ingeniero de minas y una autoridad en metalurgia.
Como ingeniero militar contribuyó a cambiar la fortuna de muchas de las campañas de Carlos XII de Suecia. Alta autoridad en astronomía y en física, escribió obras eruditas sobre las mareas y la determinación de las latitudes. Fué además zoólogo y anatómico. Y financiero y economista político, adelantándose como tal a las conclusiones de Adam Smith.
Hizo los planos de un planeador y de un submarino e inventó un sistema decimal monetario que sirve también para el estudio de la cristalografía.
Fue el primero en avanzar la hipótesis de la formación nebulosa del sistema solar, dando la naturaleza de la vía láctea.
Realizó un estudio avanzado sobre la circulación de la sangre y sobre la relación del corazón y los pulmones. Además, produjo el descubrimiento de dos brillantes y certeras teorías sobre el cerebro humano: la localización de los centros cerebrales de la motricidad y el papel del córtex en el psiquismo superior. La perplejidad cundió entre los especialistas. Ambas habían sido formuladas en ausencia del material experimental que su desarrollo exigiría. ¿De dónde las extrajo Swedenborg?
Su desarrollo psíquico, ocurrido al cumplir los veinticinco años, en nada afectó a su actividad mental, y muchos de sus folletos científicos los publicó después de dicha época. Sus inexplicables dones de clarividencia lo ponían en una situación ambivalente. Era capaz de predecir con exactitud desde los acontecimientos más banales hasta su propia muerte, la de Pedro III de Rusia o el incendio de Estocolmo. Utilizaba indiscriminadamente su capacidad de ver en el más-allá, a veces para solucionar problemas pueriles. Inteligencia hambrienta y marcada por la paradoja, Emanuel Swedenborg encendió algunas chispas del Romanticismo y de la rebelión espiritual contra los dogmas de la fe.
Su gran valía la hallamos en sus fuerzas y en sus revelaciones psíquicas:
Encontró que el otro mundo consistía en un número de esferas diferentes que representaban varios grados de luminosidad y felicidad, a cada una de las cuales vamos después de la muerte, según las condiciones espirituales que tenemos en vida. Allí somos juzgados de una manera automática por una especie de ley espiritual que determina el resultado último por el resultado total de nuestra vida, de suerte que la absolución o el arrepentimiento en el lecho de muerte son de poco provecho.
La muerte no era nada temible gracias a la presencia de seres celestiales que asistían al recién llegado en su nueva existencia. Tales recién llegados pasaban por un período inmediato de reposo completo, y recobraban después en pocos días la conciencia de su nuevo estado.
Había ángeles y demonios, pero no eran de orden distinto al nuestro. Todos habían sido seres humanos que vivieron en la tierra con almas sin desarrollar, en el caso de los demonios, o considerablemente desarrolladas, en el caso de los ángeles.
Al morir no cambiamos en ningún sentido. El hombre nada pierde al fallecer, sino que permanece hombre en todos respectos, aunque más perfecto que en estado corpóreo, conservando no sólo sus facultades, sino también sus modos de pensar, sus creencias y sus prejuicios.
No había castigo eterno. Los que estaban en los infiernos podían abrirse camino si desarrollaban el impulso necesario. Los que estaban en los cielos no era de una manera permanente, sino que trabajaban para llegar a un lugar superior.
Los que abandonan este mundo viejos, decrépitos, enfermos o deformados, renuevan su juventud y recobran gradualmente su pleno vigor. Los casados continúan juntos si sus sentimientos mutuos siguen siendo inalterables. En caso contrario, el matrimonio queda disuelto. «Dos amantes que se adoran no quedan separados por la muerte de uno de ellos ya que el espíritu del fallecido habita junto al espíritu del superviviente, y cuando ambos vuelven a encontrarse se reúnen amándose más tiernamente que antes».


Voltaire dijo que el hombre más extraordinario
que registra la historia fue Carlos XII.
Yo diría: quizá el hombre más extraordinario
-si es que admitimos esos superlativos-
fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII,
Emanuel Swedenborg"
Jorge Luis Borges