domingo, 20 de enero de 2008

Mente capaz, hombre imperfecto

Temblaba por el miedo tras unos cortinajes cuando fue descubierto por un grupo de guardias pretorianos, quienes de forma violenta buscaban por las estancias del palacio imperial a los pocos seguidores que todavía pudiera tener el ya asesinado emperador Calígula; comenzaba de ese modo, tan insospechado, la historia de uno de los personajes más apasionantes de Roma.
Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, nació en Lugdunum, la actual Lyon, en agosto del año 10 a.C. Las enfermedades se cebaron de forma temprana en su pequeño cuerpo, provocando algunas malformaciones y, sobre todo, cojera y tartamudez, con el consiguiente e injusto rechazo familiar hacia un niño imposibilitado para el ejercicio físico y, según sus congéneres, para la vida pública. Sin embargo, el joven Claudio acertó a rebelarse ante el infortunio, se entregó con pasión a la historia y a la gramática y orientó sus ideas políticas hacia la República, acaso como sutil venganza por el agravio cometido por su noble familia. Finalmente, nuestro personaje sufrió una pequeña rehabilitación social en tiempos del nefasto Calígula, quien le nombró cónsul en el año 37 d.C. Tras la muerte de éste, en el año 41 d.C., la vuelta de la república como forma de gobierno parecía inevitable. No obstante, los pretorianos opinaron otra cosa y elevaron a Claudio a la categoría de Augusto, y sólo eso, pues el republicano César renunció al pronombre de Imperator, complaciendo de ese modo a los disconformes con el imperio.
Claudio se mostró como un magnífico gobernante y acometió con inusitada decisión la conquista de nuevos territorios para el imperio romano. Su aspecto poco vistoso no fue óbice para que mantuviera diversas relaciones amorosas y algunos matrimonios de los que nacería su primogénito, Británico.
De sus uniones destacan Mesalina y Agripina. A la primera la mandó ejecutar por su alocado comportamiento, mientras que la segunda supo convencerle para que eligiera a su hijo Nerón como sucesor en detrimento de Británico. Este hecho y el miedo a que cambiara de opinión supuso que la pérfida Agripina le envenenara con un plato de amanitas phalloides. De esa forma murió el emperador Claudio, en el año 54 de nuestra era. Con él se apagaba una de las luces más brillantes del imperio romano.

JUAN ANTONIO CEBRIAN

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